JesĂşs sana a un paralĂtico
17 Un dĂa, mientras enseñaba, estaban sentados allĂ algunos fariseos y maestros de la ley que habĂan venido de todas las aldeas de Galilea y Judea, y tambiĂ©n de JerusalĂ©n. Y el poder del Señor estaba con Ă©l para sanar a los enfermos.
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Entonces llegaron unos hombres que llevaban en una camilla a un paralĂtico. Procuraron entrar para ponerlo delante de JesĂşs,
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pero no pudieron a causa de la multitud. AsĂ que subieron a la azotea y, separando las tejas, lo bajaron en la camilla hasta ponerlo en medio de la gente, frente a JesĂşs.
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Al ver la fe de ellos, Jesús dijo:—Amigo, tus pecados quedan perdonados.
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Los fariseos y los maestros de la ley comenzaron a pensar: «¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?»
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Pero Jesús supo lo que estaban pensando y les dijo:—¿Por qué razonan as�
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¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados quedan perdonados”, o “Levántate y anda”?
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Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —se dirigiĂł entonces al paralĂtico—: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
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Al instante se levantĂł a la vista de todos, tomĂł la camilla en que habĂa estado acostado, y se fue a su casa alabando a Dios.
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Todos quedaron asombrados y ellos tambiĂ©n alababan a Dios. Estaban llenos de temor y decĂan: «Hoy hemos visto maravillas».