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Mardoqueo le contó todo lo que le habÃa sucedido, mencionándole incluso la cantidad exacta de dinero que Amán habÃa prometido pagar al tesoro real por la aniquilación de los judÃos.
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También le dio una copia del texto del edicto promulgado en Susa, el cual ordenaba el exterminio, para que se lo mostrara a Ester, se lo explicara, y le ordenara que se presentara ante el rey para implorar clemencia e interceder en favor de su pueblo.
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Hatac regresó y le informó a Ester lo que Mardoqueo habÃa dicho.
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Entonces ella ordenó a Hatac que le dijera a Mardoqueo:
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«Todos los servidores del rey y el pueblo de las provincias del reino saben que, para cualquier hombre o mujer que, sin ser invitado por el rey, se acerque a él en el patio interior, hay una sola ley: la pena de muerte. La única excepción es que el rey, extendiendo su cetro de oro, le perdone la vida. En cuanto a mÃ, hace ya treinta dÃas que el rey no me ha pedido presentarme ante él».