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La gente, por su parte, se quedĂł allĂ observando, y aun los gobernantes estaban burlándose de Ă©l.—SalvĂł a otros —decĂan—; que se salve a sĂ mismo, si es el Cristo de Dios, el Escogido.
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También los soldados se acercaron para burlarse de él. Le ofrecieron vinagre
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y le dijeron:—Si eres el rey de los judĂos, sálvate a ti mismo.
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Resulta que habĂa sobre Ă©l un letrero, que decĂa: «Este es el Rey de los judĂos».
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Uno de los criminales allà colgados empezó a insultarlo:—¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!