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Fue entonces cuando EzequÃas, rey de Judá, les quitó a las puertas y los quiciales del templo del SEÑOR el oro con que él mismo los habÃa cubierto, y se lo entregó al rey de Asiria.
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Desde Laquis el rey de Asiria envió a su virrey, al funcionario principal y a su comandante en jefe, al frente de un gran ejército, para hablar con el rey EzequÃas en Jerusalén. Marcharon hacia Jerusalén y, al llegar, se detuvieron junto al acueducto del estanque superior, en el camino que lleva al Campo del Lavandero.
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Entonces llamaron al rey, y salió a recibirlos EliaquÃn hijo de JilquÃas, que era el administrador del palacio, junto con el cronista Sebna y el secretario Joa hijo de Asaf.
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El comandante en jefe les dijo:—DÃganle a EzequÃas que asà dice el gran rey, el rey de Asiria: “¿En qué se basa tu confianza?
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Tú dices que tienes estrategia y fuerza militar, pero estas no son más que palabras sin fundamento. ¿En quién confÃas, que te rebelas contra mÃ?