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Desde Laquis el rey de Asiria enviĂł a su virrey, al funcionario principal y a su comandante en jefe, al frente de un gran ejĂ©rcito, para hablar con el rey EzequĂas en JerusalĂ©n. Marcharon hacia JerusalĂ©n y, al llegar, se detuvieron junto al acueducto del estanque superior, en el camino que lleva al Campo del Lavandero.
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Entonces llamaron al rey, y saliĂł a recibirlos EliaquĂn hijo de JilquĂas, que era el administrador del palacio, junto con el cronista Sebna y el secretario Joa hijo de Asaf.
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El comandante en jefe les dijo:—DĂganle a EzequĂas que asĂ dice el gran rey, el rey de Asiria: “¿En quĂ© se basa tu confianza?
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TĂş dices que tienes estrategia y fuerza militar, pero estas no son más que palabras sin fundamento. ÂżEn quiĂ©n confĂas, que te rebelas contra mĂ?
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Ahora bien, tĂş confĂas en Egipto, ¡ese bastĂłn de caña astillada, que traspasa la mano y hiere al que se apoya en Ă©l! Porque eso es el faraĂłn, el rey de Egipto, para todos los que en Ă©l confĂan.