Salmos 18; Salmos 19; Hechos 20:17-38

1 Yo te amo, SEÑOR, fortaleza mía. 2 El SEÑOR es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable. 3 Invoco al SEÑOR, que es digno de ser alabado, y soy salvo de mis enemigos. 4 Los lazos de la muerte me cercaron, y los torrentes de iniquidad me atemorizaron; 5 los lazos del Seol me rodearon; las redes de la muerte surgieron ante mí. 6 En mi angustia invoqué al SEÑOR, y clamé a mi Dios; desde su templo oyó mi voz, y mi clamor delante de El llegó a sus oídos. 7 Entonces la tierra se estremeció y tembló; los cimientos de los montes temblaron y fueron sacudidos, porque El se indignó. 8 Humo subió de su nariz, y el fuego de su boca consumía; carbones fueron por él encendidos. 9 También inclinó los cielos, y descendió con densas tinieblas debajo de sus pies. 10 Cabalgó sobre un querubín, y voló; y raudo voló sobre las alas del viento. 11 De las tinieblas hizo su escondedero, su pabellón a su alrededor; tinieblas de las aguas, densos nubarrones. 12 Por el fulgor de su presencia se desvanecieron sus densas nubes en granizo y carbones encendidos. 13 El SEÑOR también tronó en los cielos, y el Altísimo dio su voz: granizo y carbones encendidos. 14 Y envió sus saetas, y los dispersó, y muchos relámpagos, y los confundió. 15 Entonces apareció el lecho de las aguas, y los cimientos del mundo quedaron al descubierto a tu reprensión, oh SEÑOR, al soplo del aliento de tu nariz. 16 Extendió la mano desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas. 17 Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían, pues eran más fuertes que yo. 18 Se enfrentaron a mí el día de mi infortunio, mas el SEÑOR fue mi sostén. 19 También me sacó a un lugar espacioso; me rescató, porque se complació en mí. 20 El SEÑOR me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la pureza de mis manos me ha recompensado. 21 Porque he guardado los caminos del SEÑOR, y no me he apartado impíamente de mi Dios. 22 Pues todas sus ordenanzas estaban delante de mí, y no alejé de mí sus estatutos. 23 También fui íntegro para con El, y me guardé de mi iniquidad. 24 Por tanto el SEÑOR me ha recompensado conforme a mi justicia, conforme a la pureza de mis manos delante de sus ojos. 25 Con el benigno te muestras benigno, con el íntegro te muestras íntegro. 26 Con el puro eres puro, y con el perverso eres sagaz. 27 Porque tú salvas al pueblo afligido, pero humillas los ojos altivos. 28 Tú enciendes mi lámpara, oh SEÑOR; mi Dios que alumbra mis tinieblas. 29 Pues contigo aplastaré ejércitos, y con mi Dios escalaré murallas. 30 En cuanto a Dios, su camino es perfecto; acrisolada es la palabra del SEÑOR; El es escudo a todos los que a El se acogen. 31 Pues, ¿quién es Dios, fuera del SEÑOR? ¿Y quién es roca, sino sólo nuestro Dios, 32 el Dios que me ciñe de poder, y ha hecho perfecto mi camino? 33 El hace mis pies como de ciervas, y me afirma en mis alturas. 34 El adiestra mis manos para la batalla, y mis brazos para tensar el arco de bronce. 35 Tú me has dado también el escudo de tu salvación; tu diestra me sostiene, y tu benevolencia me engrandece. 36 Ensanchas mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado. 37 Perseguí a mis enemigos y los alcancé; y no me volví hasta acabarlos. 38 Los destrocé y no pudieron levantarse; cayeron debajo de mis pies. 39 Pues tú me has ceñido con fuerza para la batalla; has subyugado debajo de mí a los que contra mí se levantaron. 40 También has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas, y destruí a los que me odiaban. 41 Clamaron, mas no hubo quién los salvara; aun al SEÑOR clamaron, mas no les respondió. 42 Entonces los desmenucé como polvo delante del viento; los arrojé como lodo de las calles. 43 Tú me has librado de las contiendas del pueblo; me has puesto por cabeza de las naciones; pueblo que yo no conocía me sirve. 44 Al oírme, me obedecen; los extranjeros me fingen obediencia. 45 Los extranjeros desfallecen, y salen temblando de sus fortalezas. 46 El SEÑOR vive, bendita sea mi roca, y ensalzado sea el Dios de mi salvación, 47 el Dios que por mí ejecuta venganza, y subyuga pueblos debajo de mí; 48 el que me libra de mis enemigos. Ciertamente tú me exaltas sobre los que se levantan contra mí; me rescatas del hombre violento. 49 Por tanto, te alabaré, oh SEÑOR, entre las naciones, y cantaré alabanzas a tu nombre. 50 Grandes victorias da El a su rey, y muestra misericordia a su ungido, a David y a su descendencia para siempre.
1 Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manos. 2 Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. 3 No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz. 4 Mas por toda la tierra salió su voz , y hasta los confines del mundo sus palabras. En ellos puso una tienda para el sol, 5 y éste, como un esposo que sale de su alcoba, se regocija cual hombre fuerte al correr su carrera. 6 De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el otro extremo de ellos; y nada hay que se esconda de su calor. 7 La ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del SEÑOR es seguro, que hace sabio al sencillo. 8 Los preceptos del SEÑOR son rectos, que alegran el corazón; el mandamiento del SEÑOR es puro, que alumbra los ojos. 9 El temor del SEÑOR es limpio, que permanece para siempre; los juicios del SEÑOR son verdaderos, todos ellos justos; 10 deseables más que el oro; sí, más que mucho oro fino, más dulces que la miel y que el destilar del panal. 11 Además, tu siervo es amonestado por ellos; en guardarlos hay gran recompensa. 12 ¿Quién puede discernir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos. 13 Guarda también a tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión. 14 Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh SEÑOR, roca mía y redentor mío.
17 Y desde Mileto mandó mensaje a Efeso y llamó a los ancianos de la iglesia. 18 Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, 19 sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos; 20 cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, 21 testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. 22 Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, 23 salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. 24 Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. 25 Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. 26 Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, 27 pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios. 28 Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios , la cual El compró con su propia sangre. 29 Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, 30 y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. 31 Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas. 32 Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados. 33 Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. 34 Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo. 35 En todo os mostré que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir." 36 Cuando terminó de hablar, se arrodilló y oró con todos ellos. 37 Y comenzaron a llorar desconsoladamente, y abrazando a Pablo, lo besaban, 38 afligidos especialmente por la palabra que había dicho de que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta el barco.
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