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Ella continuĂł:—Antiguamente, cuando habĂa alguna discusiĂłn, la gente resolvĂa el asunto con este dicho: “Vayan y pregunten en Abel”.
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Nuestra ciudad es la más pacĂfica y fiel del paĂs, y muy importante en Israel; usted, sin embargo, intenta arrasarla. ÂżPor quĂ© quiere destruir la heredad del SEĂ‘OR?
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—¡Que Dios me libre! —replicó Joab—. ¡Que Dios me libre de arrasarla y destruirla!
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Yo no he venido a eso, sino a capturar a un hombre llamado Sabá hijo de BicrĂ. Es de la sierra de EfraĂn y se ha sublevado contra el rey David. Si me entregan a ese hombre, me retiro de la ciudad.—Muy bien —respondiĂł la mujer—. Desde la muralla arrojaremos su cabeza.
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Y fue tal la astucia con que la mujer habló con todo el pueblo, que le cortaron la cabeza a Sabá hijo de Bicrà y se la arrojaron a Joab. Entonces Joab hizo tocar la trompeta, y todos los soldados se retiraron de la ciudad y regresaron a sus casas. Joab, por su parte, volvió a Jerusalén para ver al rey.