1
El pueblo confiesa sus pecados
El 31 de octubre
el pueblo volvió a reunirse en asamblea. Esta vez ayunaron, se vistieron de tela áspera y se echaron polvo sobre la cabeza.
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Los de ascendencia israelita se separaron de todos los extranjeros para confesar sus propios pecados y los pecados de sus antepasados.
3
Permanecieron de pie en el mismo lugar durante tres horas
mientras se les leĂa en voz alta el libro de la ley del Señor
su Dios. Luego confesaron sus pecados y adoraron al Señor
su Dios durante tres horas más.
4
Los levitas —JesĂşa, Bani, Cadmiel, SebanĂas, Buni, SerebĂas, Bani y QuenanĂ— estuvieron de pie en la escalera de los levitas y clamaron al Señor
su Dios en voz alta.
5
Luego los jefes de los levitas —JesĂşa, Cadmiel, Bani, HasabnĂas, SerebĂas, HodĂas, SebanĂas y PetaĂas— llamaron al pueblo: «¡Levántense y alaben al Señor
su Dios, porque él vive desde la eternidad hasta la eternidad!». Entonces oraron:
«¡Que tu glorioso nombre sea alabado! ¡Que sea exaltado por sobre toda bendición y alabanza!
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»Solo tú eres el Señor
. Tú hiciste el firmamento, los cielos y todas las estrellas; hiciste la tierra, los mares y todo lo que hay en ellos. Tú los preservas a todos, y los ángeles del cielo te adoran.
7
»Eres el Señor
Dios, quien eligiĂł a Abram y lo sacĂł de Ur de los caldeos y le dio un nuevo nombre, Abraham.
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Cuando demostró ser fiel, hiciste un pacto con él para darle a él y a sus descendientes la tierra de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los ferezeos, de los jebuseos y de los gergeseos; y has cumplido lo que prometiste, porque tú siempre eres fiel a tu palabra.
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»Tú viste la miseria de nuestros antepasados en Egipto y escuchaste sus lamentos cuando estaban junto al mar Rojo.
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Realizaste señales milagrosas y maravillas contra el faraĂłn, sus funcionarios y su pueblo, porque tĂş sabĂas con cuánta arrogancia trataban a nuestros antepasados. TĂş tienes una gloriosa reputaciĂłn que jamás ha sido olvidada.
11
¡Dividiste el mar para que tu pueblo pudiera cruzarlo por tierra seca! Luego arrojaste a sus perseguidores a las profundidades del mar. Se hundieron como piedras en aguas turbulentas.
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Guiaste a nuestros antepasados mediante una columna de nube durante el dĂa y una columna de fuego durante la noche para que pudieran encontrar el camino.
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»Bajaste al monte Sinaà y les hablaste desde el cielo. Les diste ordenanzas e instrucciones justas, y decretos y mandatos buenos.
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Les diste instrucciones acerca de tu sagrado dĂa de descanso. Además, por medio de tu siervo MoisĂ©s, les ordenaste que obedecieran todos tus mandatos, decretos e instrucciones.
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»Les diste pan del cielo cuando tenĂan hambre y agua de la roca cuando tenĂan sed. Les ordenaste que fueran y tomaran posesiĂłn de la tierra que habĂas jurado darles.
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»Sin embargo, nuestros antepasados fueron arrogantes y tercos, y no prestaron ninguna atención a tus mandatos.
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Se negaron a obedecerte y no se acordaron de los milagros que habĂas hecho a favor de ellos. En cambio, se pusieron tercos y nombraron a un lĂder para que los llevara de regreso a su esclavitud en Egipto; pero tĂş eres Dios de perdĂłn, bondadoso y misericordioso, lento para enojarte y rico en amor inagotable. No los abandonaste,
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ni siquiera cuando se hicieron un Ădolo en forma de becerro y dijeron: “¡Este es tu dios que te sacĂł de Egipto!”. Cometieron terribles blasfemias.
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»En tu gran misericordia no los abandonaste para que murieran en el desierto. La columna de nube todavĂa los guiaba de dĂa, y la columna de fuego les mostraba el camino durante la noche.
20
Enviaste tu buen EspĂritu para que les enseñara, y no dejaste de alimentarlos con maná del cielo ni de darles agua para su sed.
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Durante cuarenta años los sustentaste en el desierto, y nada les faltó. ¡No se les desgastó la ropa, ni se les hincharon los pies!
22
»Luego ayudaste a nuestros antepasados a conquistar reinos y naciones, y colocaste a tu pueblo en todos los rincones de la tierra.
Se apoderaron de la tierra del rey Sehón de Hesbón, y de la tierra del rey Og de Basán.
23
Hiciste que sus descendientes fueran tan numerosos como las estrellas del cielo y los llevaste a la tierra que habĂas prometido a sus antepasados.
24
»Entraron y tomaron posesión de la tierra. Tú sometiste naciones enteras delante de ellos. ¡Hasta los cananeos, que habitaban esa tierra, se sintieron impotentes! Tu pueblo pudo hacer lo que quiso con esas naciones y con sus reyes.
25
Nuestros antepasados conquistaron ciudades fortificadas y tierras fértiles. Se apoderaron de casas llenas de cosas buenas, con cisternas ya cavadas y viñedos y olivares, además de frutales en abundancia. De modo que comieron hasta saciarse y engordaron y disfrutaron de todas tus bendiciones.
26
»Sin embargo, a pesar de todo esto, fueron desobedientes y se rebelaron contra ti. Dieron la espalda a tu ley, mataron a tus profetas, quienes les advertĂan que volvieran a ti, y cometieron terribles blasfemias.
27
AsĂ que los entregaste en manos de sus enemigos, quienes los hicieron sufrir; pero en sus momentos de angustia clamaron a ti, y desde el cielo los escuchaste. En tu gran misericordia, les enviaste libertadores que los rescataron de sus enemigos.
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»No obstante, apenas tenĂan paz, volvĂan a cometer maldades ante tus ojos, y una vez más permitiste que sus enemigos los conquistaran. Sin embargo, cada vez que tu pueblo volvĂa y nuevamente clamaba a ti por ayuda, desde el cielo tĂş lo escuchabas una vez más. En tu maravillosa misericordia, los rescataste muchas veces.
29
»Les advertĂas que regresaran a tu ley, pero ellos se volvieron orgullosos y obstinados, y desobedecieron tus mandatos. No siguieron tus ordenanzas que dan vida a quienes las obedecen. Tercamente te dieron la espalda y se negaron a escuchar.
30
En tu amor fuiste paciente con ellos durante muchos años. Enviaste tu EspĂritu, quien les advertĂa por medio de los profetas. ¡Pero aun asĂ no quisieron escuchar! Entonces nuevamente permitiste que los pueblos de la tierra los conquistaran;
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pero en tu gran misericordia no los destruiste por completo ni los abandonaste para siempre. ¡Qué Dios tan bondadoso y misericordioso eres tú!
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»Ahora, Dios nuestro —Dios grande, poderoso y temible que cumple su pacto de amor inagotable—, no permitas que todas las privaciones que hemos sufrido te parezcan insignificantes. Grandes dificultades cayeron sobre nosotros, nuestros reyes, nuestros lĂderes, nuestros sacerdotes, nuestros profetas y nuestros antepasados —todo tu pueblo—, desde los dĂas cuando los reyes de Asiria por primera vez nos vencieron hasta el dĂa de hoy.
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Cada vez que nos castigaste actuaste con justicia. Hemos pecado grandemente, y nos diste solo lo que merecĂamos.
34
Nuestros reyes, lĂderes, sacerdotes y antepasados no obedecieron tu ley ni prestaron atenciĂłn a las advertencias de tus mandatos y leyes.
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Aun cuando tenĂan su propio reino no te sirvieron, a pesar de que derramaste tu bondad sobre ellos. Les diste un territorio grande y fĂ©rtil, pero ellos se negaron a abandonar su perversidad.
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»Por eso, ¡hoy somos esclavos en esta tierra de abundancia que diste a nuestros antepasados para que la disfrutaran! Somos esclavos aquà en esta buena tierra.
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Los abundantes productos agrĂcolas de esta tierra se amontonan en las manos de los reyes que has puesto sobre nosotros por causa de nuestros pecados. Ellos ejercen su poder sobre nosotros y nuestros animales. Les servimos segĂşn su antojo, y pasamos por mucho sufrimiento».
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El pueblo decide obedecer
Entonces el pueblo respondió: «En vista de todo esto,
hacemos una promesa solemne y la ponemos por escrito. En este documento sellado están los nombres de nuestros lĂderes, levitas y sacerdotes».