SalomĂłn consolida el reino
13 AdonĂas hijo de Jaguit fue a ver a BetsabĂ©, madre de SalomĂłn, y BetsabĂ© le preguntĂł:—¿Vienes en son de paz?—Sà —respondiĂł Ă©l—;
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tengo algo que comunicarle.—Habla —contestó ella.
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—Como usted sabe —dijo AdonĂas—, el reino me pertenecĂa, y todos los israelitas esperaban que yo llegara a ser rey. Pero ahora el reino ha pasado a mi hermano, que lo ha recibido por voluntad del SEĂ‘OR.
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Pues bien, tengo una petición que hacerle, y espero que me la conceda.—Continúa —dijo ella.
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—Por favor, pĂdale usted al rey SalomĂłn que me dĂ© como esposa a Abisag la sunamita; a usted no se lo negará.
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—Muy bien —contestó Betsabé—; le hablaré al rey en tu favor.
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BetsabĂ© fue a ver al rey SalomĂłn para interceder en favor de AdonĂas. El rey se puso de pie para recibirla y se inclinĂł ante ella; luego se sentĂł en su trono y mandĂł que pusieran otro trono para su madre; y ella se sentĂł a la derecha del rey.
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—Quiero pedirte un pequeño favor —dijo ella—. Te ruego que no me lo niegues.—Dime de quĂ© se trata, madre mĂa. A ti no puedo negarte nada.
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Ella continuĂł:—ConcĂ©dele a tu hermano AdonĂas casarse con Abisag la sunamita.
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—Pero ¿cómo puedes pedirme semejante cosa? —respondió el rey a su madre—. Es mi hermano mayor, y cuenta con el apoyo del sacerdote Abiatar y de Joab hijo de Sarvia. ¡Realmente me estás pidiendo que le ceda el trono!
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Dicho esto, el rey SalomĂłn jurĂł por el SEĂ‘OR: «¡Que Dios me castigue sin piedad si no hago que AdonĂas pague con su vida por esa peticiĂłn!
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El SEĂ‘OR me ha establecido firmemente en el trono de mi padre, y conforme a su promesa me ha dado una dinastĂa. Por tanto, tan cierto como que Ă©l vive, ¡juro que hoy mismo AdonĂas morirá!»
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En seguida, el rey SalomĂłn le dio a BenaĂas hijo de Joyadá la orden de matar a AdonĂas.
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Al sacerdote Abiatar, el rey mismo le ordenó: «Regresa a tus tierras en Anatot. Mereces la muerte, pero por el momento no voy a quitarte la vida, pues compartiste con David mi padre todas sus penurias, y en su presencia llevaste el arca del SEÑOR omnipotente».
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Fue asĂ como, al destituir SalomĂłn a Abiatar del sacerdocio del SEĂ‘OR, se cumpliĂł la palabra que el SEĂ‘OR habĂa pronunciado en SilĂł contra la familia de ElĂ.
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Joab habĂa conspirado con AdonĂas, aunque no con AbsalĂłn, asĂ que al oĂr que AdonĂas habĂa muerto, fue a refugiarse en el santuario del SEĂ‘OR, agarrándose de los cuernos del altar.
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Cuando le dijeron a SalomĂłn que Joab habĂa huido al santuario, y que estaba junto al altar, el rey le ordenĂł a BenaĂas hijo de Joyadá que fuera a matarlo.
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BenaĂas fue al santuario del SEĂ‘OR y le dijo a Joab:—El rey te ordena que salgas.—¡No! —respondiĂł Joab—. ¡De aquĂ solo me sacarán muerto!BenaĂas fue y le contĂł al rey lo que habĂa dicho Joab.
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—¡Pues dale gusto! —ordenó el rey—. ¡Mátalo y entiérralo! De ese modo me absolverás a mà y a mi familia de la sangre inocente que derramó Joab.
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El SEÑOR hará recaer sobre su cabeza la sangre que derramó, porque a espaldas de mi padre atacó Joab a Abner hijo de Ner, que era comandante del ejército de Israel, y a Amasá hijo de Jéter, que era comandante del ejército de Judá. Asà mató a filo de espada a dos hombres que eran mejores y más justos que él.
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¡Que la culpa de esas muertes recaiga para siempre sobre la cabeza de Joab y de sus descendientes! ¡Pero que la paz del SEÑOR permanezca para siempre con David y sus descendientes, y con su linaje y su trono!
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BenaĂas hijo de Joyadá fue y matĂł a Joab, e hizo que lo sepultaran en su hacienda de la estepa.
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Entonces el rey puso a BenaĂas hijo de Joyadá sobre el ejĂ©rcito en lugar de Joab, y al sacerdote Sadoc lo puso en lugar de Abiatar.
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Luego mandĂł llamar a SimĂ y le dijo:—ConstrĂşyete una casa en JerusalĂ©n, y quĂ©date allĂ. No salgas a ninguna parte,
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porque el dĂa que salgas y cruces el arroyo de CedrĂłn, podrás darte por muerto. Y la culpa será tuya.
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—De acuerdo —le respondió Simà al rey—. Yo estoy para servir a Su Majestad, y acataré sus órdenes.Simà permaneció en Jerusalén por un buen tiempo,
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pero tres años más tarde dos de sus esclavos escaparon a Gat, donde reinaba Aquis hijo de Macá. Cuando le avisaron a Simà que sus esclavos estaban en Gat,
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aparejó su asno y se fue allá a buscarlos y traerlos de vuelta.
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Al oĂr SalomĂłn que SimĂ habĂa ido de JerusalĂ©n a Gat y habĂa regresado,
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lo mandĂł llamar y le dijo:—Yo te hice jurar por el SEĂ‘OR, y te advertĂ: “El dĂa que salgas a cualquier lugar, podrás darte por muerto”. Y tĂş dijiste que estabas de acuerdo y que obedecerĂas.
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¿Por qué, pues, no cumpliste con tu juramento al SEÑOR ni obedeciste la orden que te di?
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El rey tambiĂ©n le dijo a SimĂ:—TĂş bien sabes cuánto daño le hiciste a mi padre David; ahora el SEĂ‘OR se vengará de ti por tu maldad.
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En cambio, yo seré bendecido, y el trono de David permanecerá firme para siempre en presencia del SEÑOR.
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Acto seguido, el rey le dio la orden a BenaĂas hijo de Joyadá, y este fue y matĂł a SimĂ. AsĂ se consolidĂł el reino en manos de SalomĂłn.