18
Cuando llegaron, les dijo: «Ustedes saben cĂłmo me portĂ© todo el tiempo que estuve con ustedes, desde el primer dĂa que vine a la provincia de Asia.
19
He servido al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judĂos.
20
Ustedes saben que no he vacilado en predicarles todo lo que les fuera de provecho, sino que les he enseñado públicamente y en las casas.
21
A judĂos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor JesĂşs.
22
»Y ahora tengan en cuenta que voy a JerusalĂ©n obligado por el EspĂritu, sin saber lo que allĂ me espera.
23
Lo Ăşnico que sĂ© es que en todas las ciudades el EspĂritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos.
24
Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mà mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.
25
»Escuchen, yo sé que ninguno de ustedes, entre quienes he andado predicando el reino de Dios, volverá a verme.
26
Por tanto, hoy les declaro que soy inocente de la sangre de todos,
27
porque sin vacilar les he proclamado todo el propĂłsito de Dios.
28
Tengan cuidado de sĂ mismos y de todo el rebaño sobre el cual el EspĂritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que Ă©l adquiriĂł con su propia sangre.
29
Sé que después de mi partida entrarán en medio de ustedes lobos feroces que procurarán acabar con el rebaño.
30
Aun de entre ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discĂpulos que los sigan.
31
AsĂ que estĂ©n alerta. Recuerden que dĂa y noche, durante tres años, no he dejado de amonestar con lágrimas a cada uno en particular.
32
»Ahora los encomiendo a Dios y al mensaje de su gracia, mensaje que tiene poder para edificarlos y darles herencia entre todos los santificados.
33
No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie.
34
Ustedes mismos saben bien que estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros.
35
Con mi ejemplo les he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”».