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Él contestĂł:—Hermanos y padres, ¡escĂşchenme! El Dios de la gloria se apareciĂł a nuestro padre Abraham cuando este aĂşn vivĂa en Mesopotamia, antes de radicarse en Jarán.
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“Deja tu tierra y a tus parientes —le dijo Dios—, y ve a la tierra que yo te mostraré”.
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»Entonces saliĂł de la tierra de los caldeos y se estableciĂł en Jarán. Desde allĂ, despuĂ©s de la muerte de su padre, Dios lo trasladĂł a esta tierra donde ustedes viven ahora.
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No le dio herencia alguna en ella, ni siquiera dĂłnde plantar el pie, pero le prometiĂł dársela en posesiĂłn a Ă©l y a su descendencia, aunque Abraham no tenĂa ni un solo hijo todavĂa.
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Dios le dijo asĂ: “Tus descendientes vivirán como extranjeros en tierra extraña, donde serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años.
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Pero sea cual sea la nación que los esclavice, yo la castigaré, y luego tus descendientes saldrán de esa tierra y me adorarán en este lugar”.
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Hizo con Abraham el pacto que tenĂa por señal la circuncisiĂłn. AsĂ, cuando Abraham tuvo a su hijo Isaac, lo circuncidĂł a los ocho dĂas de nacido, e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
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»Por envidia los patriarcas vendieron a José como esclavo, quien fue llevado a Egipto; pero Dios estaba con él
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y lo librĂł de todas sus desgracias. Le dio sabidurĂa para ganarse el favor del faraĂłn, rey de Egipto, que lo nombrĂł gobernador del paĂs y del palacio real.
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»Hubo entonces un hambre que azotó a todo Egipto y a Canaán, causando mucho sufrimiento, y nuestros antepasados no encontraban alimentos.
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Al enterarse Jacob de que habĂa comida en Egipto, mandĂł allá a nuestros antepasados en una primera visita.
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En la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y el faraón supo del origen de José.
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Después de esto, José mandó llamar a su padre Jacob y a toda su familia, setenta y cinco personas en total.
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Bajó entonces Jacob a Egipto, y allà murieron él y nuestros antepasados.
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Sus restos fueron llevados a SiquĂ©n y puestos en el sepulcro que a buen precio Abraham habĂa comprado a los hijos de Jamor en SiquĂ©n.
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»Cuando ya se acercaba el tiempo de que se cumpliera la promesa que Dios le habĂa hecho a Abraham, el pueblo crecĂa y se multiplicaba en Egipto.
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Por aquel entonces subiĂł al trono de Egipto un nuevo rey que no sabĂa nada de JosĂ©.
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Este rey usó de artimañas con nuestro pueblo y oprimió a nuestros antepasados, obligándolos a dejar abandonados a sus hijos recién nacidos para que murieran.
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»En aquel tiempo nació Moisés, y fue agradable a los ojos de Dios. Por tres meses se crió en la casa de su padre
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y, al quedar abandonado, la hija del faraĂłn lo adoptĂł y lo criĂł como a su propio hijo.
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AsĂ MoisĂ©s fue instruido en toda la sabidurĂa de los egipcios, y era poderoso en palabra y en obra.
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»Cuando cumplió cuarenta años, Moisés tuvo el deseo de allegarse a sus hermanos israelitas.
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Al ver que un egipcio maltrataba a uno de ellos, acudiĂł en su defensa y lo vengĂł matando al egipcio.
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MoisĂ©s suponĂa que sus hermanos reconocerĂan que Dios iba a liberarlos por medio de Ă©l, pero ellos no lo comprendieron asĂ.
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Al dĂa siguiente, MoisĂ©s sorprendiĂł a dos israelitas que estaban peleando. TratĂł de reconciliarlos, diciĂ©ndoles: “Señores, ustedes son hermanos; Âżpor quĂ© quieren hacerse daño?”
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»Pero el que estaba maltratando al otro empujó a Moisés y le dijo: “¿Y quién te nombró a ti gobernante y juez sobre nosotros?
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ÂżAcaso quieres matarme a mĂ, como mataste ayer al egipcio?”
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Al oĂr esto, MoisĂ©s huyĂł a Madián; allĂ viviĂł como extranjero y tuvo dos hijos.
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»Pasados cuarenta años, se le apareciĂł un ángel en el desierto cercano al monte SinaĂ, en las llamas de una zarza que ardĂa.
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MoisĂ©s se asombrĂł de lo que veĂa. Al acercarse para observar, oyĂł la voz del Señor:
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“Yo soy el Dios de tus antepasados, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. MoisĂ©s se puso a temblar de miedo, y no se atrevĂa a mirar.
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»Le dijo el Señor: “QuĂtate las sandalias, porque estás pisando tierra santa.
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Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse, asà que he descendido para librarlos. Ahora ven y te enviaré de vuelta a Egipto”.
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»A este mismo MoisĂ©s, a quien habĂan rechazado diciĂ©ndole: “¿Y quiĂ©n te nombrĂł gobernante y juez?”, Dios lo enviĂł para ser gobernante y libertador, mediante el poder del ángel que se le apareciĂł en la zarza.
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Él los sacó de Egipto haciendo prodigios y señales milagrosas tanto en la tierra de Egipto como en el Mar Rojo, y en el desierto durante cuarenta años.
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»Este Moisés les dijo a los israelitas: “Dios hará surgir para ustedes, de entre sus propios hermanos, un profeta como yo”.
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Este mismo MoisĂ©s estuvo en la asamblea en el desierto, con el ángel que le hablĂł en el monte SinaĂ, y con nuestros antepasados. Fue tambiĂ©n Ă©l quien recibiĂł palabras de vida para comunicárnoslas a nosotros.
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»Nuestros antepasados no quisieron obedecerlo a él, sino que lo rechazaron. Lo que realmente deseaban era volver a Egipto,
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por lo cual le dijeron a Aarón: “Tienes que hacernos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés que nos sacó de Egipto, ¡no sabemos qué pudo haberle pasado!”
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»Entonces se hicieron un Ădolo en forma de becerro. Le ofrecieron sacrificios y tuvieron fiesta en honor de la obra de sus manos.
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Pero Dios les volvió la espalda y los entregó a que rindieran culto a los astros. Asà está escrito en el libro de los profetas:»“Casa de Israel, ¿acaso me ofrecieron ustedes sacrificios y ofrendasdurante los cuarenta años en el desierto?
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Por el contrario, ustedes se hicieron cargo del tabernáculo de Moloc,de la estrella del dios Refán,y de las imágenes que hicieron para adorarlas.Por lo tanto, los mandaré al exilio” más allá de Babilonia.
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»Nuestros antepasados tenĂan en el desierto el tabernáculo del testimonio, hecho como Dios le habĂa ordenado a MoisĂ©s, segĂşn el modelo que este habĂa visto.
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Después de haber recibido el tabernáculo, lo trajeron consigo bajo el mando de Josué, cuando conquistaron la tierra de las naciones que Dios expulsó de la presencia de ellos. Allà permaneció hasta el tiempo de David,
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quien disfrutĂł del favor de Dios y pidiĂł que le permitiera proveer una morada para el Dios de Jacob.
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Pero fue SalomĂłn quien construyĂł la casa.
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»Sin embargo, el AltĂsimo no habita en casas construidas por manos humanas. Como dice el profeta:
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»“El cielo es mi trono,y la tierra, el estrado de mis pies.¿Qué clase de casa me construirán?—dice el Señor—.¿O qué lugar de descanso?
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¿No es mi mano la que ha hecho todas estas cosas?”
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»¡Tercos, duros de corazĂłn y torpes de oĂdos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al EspĂritu Santo!
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¿A cuál de los profetas no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, y ahora a este lo han traicionado y asesinado